La
palabra desempleo es una palabra de efecto retardado. Se ve mal, suena mal e
incluso huele mal, pero sólo hasta que uno la siente en carne propia. Hasta
entonces, el desempleo es un dato estadístico, una cosa política de la que se
habla poco porque genera miedo, genera rechazo: los gobiernos no lo quieren en
sus números, y nosotros no lo queremos en nuestras vidas. Ser desempleado es
como tener una enfermedad infecciosa, todo el mundo corre de eso.
Lo cierto es que mientras uno trabaja,
quejarse es parte de la rutina. El empleo es una actividad que nos agota la
mayor parte del tiempo (nótese que digo empleo, por la condición de empleado).
Nos agota por los jefes, por los compañeros de trabajo, por la sobrecarga de
responsabilidades, los horarios, los malos sueldos, la falta de tiempo para
hacer eso que nos gusta. Es fácil despotricar hasta el cansancio de lo mal que
la pasamos en un empleo, que está bien, porque a fin de cuentas lo que uno
busca es el reconocimiento de su trabajo, el respeto, la buena paga, las facilidades,
lo que sea.
Pero detrás de eso hay una gran verdad y es
que cuando estamos bajo la influencia del desempleo nos importa bien tres
carajos bajo qué condiciones empezamos a trabajar ¿por qué? Muy simple: porque
nos damos cuenta de que somos descartables, intrascendentes, prescindibles.
Después de trabajar en una empresa, con todas las flores y las pompas que uno
recibe al momento de darse la mano al despedirse, después de las primeras
semanas llenas de optimismo mientras, tranquilos, leemos los clasificados por
arribita con el café de la mañana y con orgullo tratamos de conseguir esos
trabajos buena onda creyendo que nos lo merecemos por los méritos propios, la
realidad nos pega como el frío de la primer mañana de invierno: los días pasan
y seguimos leyendo el clasificado de todos los días mientras la esperanza se
desvanece un poco más cada vez.
El desempleo es una palabra de efecto
retardado, los ahorros empiezan a escasear y empezamos a celar las monedas, los
trabajos que la primera semana rechazábamos se vuelven más interesantes que nunca
y la condescendencia de los que no nos contratan nos empieza a romper las
pelotas. A muy poco de estar desempleado uno ya no sólo no se traga las
palabras bonitas “te vamos a tener en cuenta” o “te llamamos uno de estos días”,
sino que ya molestan (si no me vas a dar el trabajo por lo menos decímelo en la
cara, gil) Es normal, esperable, volverse huraño a esta altura.
Cuando la frustración se vuelve desesperación
es cuando empezamos a negociar con agarrar lo que venga, como venga. Al carajo
el respeto, los méritos, las facilidades de horarios y todas las pretensiones
con las que empezamos. Cualquier caballo viene con buenos dientes.
Y la cosa no termina ahí, porque así y todo,
todavía no conseguís un empleo. Algunos se animan y se largan por cuenta propia
a hacer lo que saben, o lo que pueden, a ver si en una de esas sale bien. Otros
siguen esperando el milagro. Mientras tanto los ahorros siguen desapareciendo,
la heladera va quedando vacía y la angustia nos carcome por dentro. Ser
desempleado se convierte en esa enfermedad infecciosa de la que todos corren, y
caes en la cuenta de que vas a agarrar lo primero que venga, como venga. Y en
unos meses te vas a quejar de lo mal que la pasas en el laburo, de los jefes,
los compañeros, los horarios, la mala paga; pero en el fondo vas a estar
contento porque tenés para pagar el alquiler y en la heladera hay comida.
Así se completa el círculo de desempleado
optimista a desempleado pesimista, a empleado optimista a empleado pesimista.
Mientras tanto, el sistema sigue tal y como está, porque ahora sabes que vos,
igual que los tantos miles que hacen fila en la oficina de empleo o en el hall
de los diarios, sos prescindible, descartable. Que como vos hay tantos y tan
desesperados, que sea cual sea el laburo, en las condiciones que sea, alguien
lo va a agarrar igual, y cuando contás las monedas y la heladera está vacía ese
alguien sos vos. Otro gil más.
Son las 5 am y estoy leyendo
por enésima vez los clasificados vacíos.

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